La historia de Abraham marca un punto de inflexión en el relato bíblico, donde Dios establece un pacto que se convertirá en la base de su relación con la humanidad a lo largo de las Escrituras. En Génesis 12:1-3, Dios llama a Abraham, entonces conocido como Abram, a dejar su tierra natal y su familia para ir a una tierra que Él le mostraría. A cambio de su obediencia, Dios le hace una promesa trascendental:
Génesis 12:2-3
Haré de ti muchos gentiles, y te bendeciré; engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré; y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.
Este pasaje es crucial porque no solo establece la promesa de una descendencia numerosa y un territorio para Abraham y sus descendientes, sino que también extiende la bendición divina más allá de Israel, hacia "todas las familias de la tierra". Aquí, Dios revela un plan que abarca a toda la humanidad, indicando que la relación especial con Abraham y su linaje tiene un propósito universal. Sin embargo, Dios todavía no ha especificado cómo es que esa bendición va a llegar a toda la humanidad. Guarda esta pregunta, porque el resto del libro es la respuesta.
A lo largo del relato bíblico, Dios reitera y amplía su promesa a Abraham. En Génesis 17, cuando cambia su nombre de Abram a Abraham, Dios declara:
Génesis 17:4-5
Serás padre de muchedumbre de gentiles. No se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentiles.
Este cambio de nombre simboliza la ampliación de la promesa. Abraham no solo será el progenitor de Israel, sino también de una "muchedumbre de gentiles" (hamon goyim), indicando que su descendencia no se limitará a una sola nación, sino que influirá y se extenderá entre muchas. Esta multiplicación se refiere específicamente a la descendencia física, a la misión global de su linaje.
Detente un momento en esto. Cuando los traductores usan "gentes" o "naciones" en Génesis, y "gentiles" en el Nuevo Testamento, están traduciendo la misma palabra. Esa decisión de traducción, aparentemente inocente, ha ocultado durante siglos la conexión que este libro busca exponer.
El libro de Génesis nos presenta a José, uno de los patriarcas más destacados de Israel, como un hombre de visión y un líder providencial. Su vida, llena de desafíos y redención, culmina en una bendición significativa que no solo asegura el futuro de su familia inmediata, sino que también proyecta el destino de las tribus de Israel en las generaciones venideras. Uno de los momentos más trascendentales en la vida de José ocurre cuando su padre, Jacob, bendice a sus doce hijos, y especialmente a los hijos de José: Efraín y Manasés.
En Génesis 48 encontramos el relato donde Jacob, en sus últimos días, bendice a sus nietos Efraín y Manasés. En un giro inesperado, Jacob cruza sus manos y coloca su mano derecha sobre la cabeza del menor, Efraín, otorgándole la primacía sobre Manasés, el primogénito. Esta inversión del orden natural simboliza la voluntad divina que trasciende las expectativas humanas. Jacob declara sobre Efraín:
Génesis 48:19
Mas su hermano menor será más grande que él, y su descendencia llegará a ser la plenitud de los gentiles (melo ha-goyim).
Esta bendición es significativa por varias razones. En primer lugar, el término "plenitud de los gentiles" no solo se refiere al crecimiento numérico, sino que sugiere una expansión más allá de las fronteras de Israel, implicando una dispersión y asimilación entre los gentiles. Esta profecía se convierte en un punto clave para entender cómo las tribus de Israel, especialmente Efraín, interactuarán con el mundo más amplio.
Memoriza esta expresión hebrea: melo ha-goyim, la plenitud de los gentiles. Va a reaparecer en el lugar menos esperado de todo el Nuevo Testamento, y cuando reaparezca, vas a entender por qué este libro comenzó en Génesis.
A lo largo de la historia bíblica, Efraín se convierte en una de las tribus más prominentes del Reino del Norte, Israel. A menudo, el término "Efraín" se utiliza como sinónimo del Reino del Norte en las escrituras proféticas (Isaías 7:2, Oseas 5:3). Sin embargo, este reino eventualmente cae en la idolatría y experimenta un destino trágico tras la división del reino unificado de Salomón.
A lo largo del período de los reyes, las diez tribus del norte se apartaron de la adoración al Dios de Israel, cayendo en la idolatría y en prácticas paganas que les alejaron del pacto establecido en el Sinaí. Como resultado de su desobediencia, Dios permitió que el Reino del Norte cayera bajo el dominio del Imperio Asirio en el año 722 a.C. Estas 10 tribus de Israel fueron entonces dispersadas por todo el mundo conocido, cumpliendo las advertencias dadas por los profetas acerca de las consecuencias de abandonar los caminos de Dios (2 Reyes 17:6-18).
Este evento, conocido como la dispersión, marcó un hito en la historia de Israel. Las diez tribus se perdieron entre las naciones, y la promesa de Dios a Abraham de que su descendencia sería una bendición para todas las naciones parecía quedar en suspenso. Pero fíjate en lo que dicen los profetas sobre esa dispersión. No hablan de una simple deportación geográfica. Hablan de algo mucho más profundo:
Oseas 7:8
Efraín se mezcló con los pueblos; Efraín fue como torta no volteada.
Oseas 8:8
Devorado será Israel; pronto será entre los gentiles como vasija que no se estima.
Amós 9:9
Porque he aquí que yo mandaré y haré que la casa de Israel sea zarandeada entre todos los gentiles, como se zarandea el grano en una criba, y no cae un granito en la tierra.
Efraín no solo fue llevado a Asiria. Efraín se asimiló. Perdió su idioma, sus costumbres, su identidad. Sus descendientes ya no sabían que eran descendientes de Israel. Se convirtieron, para todo efecto práctico, en gentiles. Y sin embargo, Amós nos da un detalle extraordinario: aunque el grano fue zarandeado entre todas las naciones, ni un granito cae en la tierra. Dios no perdió de vista a uno solo de ellos.
Aquí está el punto que cambia toda la lectura: la bendición de Jacob sobre Efraín —"su descendencia será la plenitud de los gentiles"— no fue una promesa que fracasó con la dispersión. La dispersión fue el mecanismo por el cual la promesa se cumplió. Efraín llegó a estar entre todos los gentiles, mezclado con todos los gentiles, indistinguible de los gentiles.
La pregunta que queda abierta es la misma que quedó abierta con Abraham: ¿cómo va a llegar la bendición a todas las familias de la tierra? Y ahora podemos afinarla: ¿cómo va a recuperar Dios a un pueblo que ya no sabe quién es?
A pesar de la gravedad del juicio sobre el Reino del Norte, los profetas bíblicos nunca dejaron de proclamar la esperanza de la restauración. Isaías, Oseas, Ezequiel y otros profetas hablaron repetidamente de un futuro en el cual Dios recogería a su pueblo, a Efraín, las diez tribus del norte, de entre las naciones y los restauraría.
Isaías 11:11-12 Asimismo acontecerá en aquel tiempo, que el Señor alzará otra vez su mano para recobrar el remanente de su pueblo que aún quede, de Asiria, de Egipto, de Patros, de Etiopía, de Elam, de Sinar, de Hamat y de las costas del mar. Y levantará pendón a los gentiles, y juntará los desterrados de Israel, y reunirá los esparcidos de Judá de los cuatro confines de la tierra.
Nota la precisión del texto: los desterrados de Israel y los esparcidos de Judá. Dos grupos, dos casas, dos historias. Esta distinción entre la casa de Israel (el norte, Efraín) y la casa de Judá (el sur, los judíos) es indispensable para leer correctamente el resto de la Biblia. Cuando la ignoramos, los textos se vuelven confusos; cuando la respetamos, todo encaja.
Jeremías 50:17
Rebaño descarriado es Israel; los leones lo dispersaron.
Ezequiel 34:12
Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares en que fueron esparcidas el día del nublado y de la oscuridad.
Miqueas 2:12
De cierto te juntaré todo, oh Jacob; recogeré ciertamente el resto de Israel; lo reuniré como ovejas de Bosra, como rebaño en medio de su aprisco.
Guarda estas imágenes: Israel disperso es descrito por los profetas, una y otra vez, como ovejas esparcidas que el Pastor va a buscar. Este no es un detalle poético menor. Es el vocabulario técnico de la restauración. Cuando alguien, siglos después, se presente diciendo que fue enviado "a las ovejas perdidas de la casa de Israel", no estará inventando una metáfora nueva: estará reclamando estas profecías.
Ezequiel, en su famosa visión de los huesos secos (Ezequiel 37), presenta una imagen poderosa de la resurrección de Israel como pueblo:
Ezequiel 37:12
He aquí, yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel.
Y en ese mismo capítulo, inmediatamente después de los huesos secos, Dios manda a Ezequiel a unir dos palos: uno para Judá y otro para José, es decir, Efraín (Ezequiel 37:16-19). Los dos palos se convierten en uno solo en la mano de Dios. La restauración no está completa mientras las dos casas no vuelvan a ser un solo pueblo, guardando sus estatutos y andando en sus preceptos, bajo un solo pastor (Ezequiel 37:24). Recuerda también este detalle del pastor único, porque alguien va a citarlo.
Pero aquí surge el problema, y es un problema legal que la mayoría de las lecturas modernas pasa por alto. Porque Dios no solo dispersó a la casa de Israel. Dios hizo algo mucho más grave y mucho más definitivo:
Jeremías 3:8
Ella vio que por haber fornicado la rebelde Israel, yo la había despedido y le había dado carta de repudio; pero no tuvo temor la rebelde Judá su hermana, sino que también fue ella y fornicó.
Dios se divorció de la casa de Israel. Le entregó carta de repudio, el documento legal de Deuteronomio 24. Y la propia Torah de Dios establece qué pasa después de un divorcio así:
Deuteronomio 24:1-4
Cuando alguno tomare mujer y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, y se la entregará en su mano, y la despedirá de su casa. Y salida de su casa, podrá ir y casarse con otro hombre. Pero si la aborreciere este último, y le escribiere carta de divorcio... no podrá su primer marido, que la despidió, volverla a tomar para que sea su mujer, después que fue envilecida; porque es abominación delante de Jehová.
La mujer divorciada que se une a otro hombre no puede volver con su primer marido. Jamás. Y la casa de Israel, divorciada por Dios, se prostituyó entre las naciones con los dioses de las naciones (Oseas 1-2). Según la propia ley de Dios, la puerta del regreso quedó legalmente cerrada.
Ahora el problema está completo, y conviene enunciarlo con toda su fuerza, porque el evangelio es la respuesta exacta a este problema:
¿Cómo puede Dios cumplir sus promesas sin violar su propia ley? Esa es la pregunta. Y no la voy a responder yo. La va a responder Pablo, en Romanos 7. Pero antes, tenemos que ver al Pastor en acción.
El ministerio de Yeshúa debe entenderse dentro del marco de las promesas y profecías que acabamos de recorrer. Yeshúa no vino a fundar una nueva religión ni a abandonar el pacto de Dios con Israel. Todo lo contrario vino a cumplir y restaurar lo que se había perdido. Y él mismo definió su misión con una precisión que deberíamos tomar en serio:
Mateo 15:24
Él respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
Lee eso de nuevo. No dijo "a la humanidad". No dijo "a los judíos". Dijo: a las ovejas perdidas de la casa de Israel. El vocabulario exacto de Jeremías 50:17, de Ezequiel 34, de Miqueas 2:12. La casa de Israel es el reino del norte, Efraín, los dispersos y asimilados. Y cuando envió a sus doce discípulos, les dio la misma instrucción:
Mateo 10:5-6
No vayáis por camino de gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
Aquí muchos se confunden: ¿no acabamos de decir que las ovejas perdidas están asimiladas entre los gentiles? ¿Por qué entonces les prohíbe ir a los gentiles? La respuesta no hay que buscarla fuera del texto, porque el texto mismo la trae, en tres piezas.
Primera pieza: la gramática de la instrucción. Jesús no dice "nunca vayáis a los gentiles". Dice "id antes". Un "antes" solo tiene sentido si existe un "después". La instrucción no es una exclusión; es una secuencia. Y una secuencia implica que la segunda fase ya estaba contemplada en el plan desde el momento en que se dictó la primera.
Segunda pieza: Mateo mismo registra el "después". El mismo autor, en el mismo libro, con el mismo verbo, cierra su evangelio con la orden inversa:
Mateo 28:19
Id, y haced discípulos a todos los gentiles.
Si Mateo 10:5 fuera una prohibición permanente, Mateo 28:19 sería una contradicción frontal dentro del mismo evangelio, y Mateo la habría dejado ahí sin inmutarse. Pero si Mateo 10:5 es la primera fase de una secuencia, Mateo 28:19 es sencillamente la segunda. Y Lucas confirma la misma estructura con un detalle precioso: las dos categorías excluidas en Mateo 10 —gentiles y samaritanos— son exactamente las dos que quedan reincorporadas, por nombre, después de la resurrección:
Hechos 1:8
Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.
Jerusalén y Judea primero, luego Samaria, luego las naciones. La "prohibición" de Mateo 10 era un marcador de orden dentro de un plan de expansión concéntrica. La pregunta nunca fue si el mensaje llegaría a los dispersos entre los gentiles, sino cuándo.
Tercera pieza, la decisiva: por qué ese orden. ¿Qué es lo único que cambia entre Mateo 10 y Mateo 28? Un solo evento: la muerte y resurrección del Mesías. Y ya sabemos qué fue lo que ese evento resolvió: la puerta legal. La casa de Israel dispersa entre los gentiles era la mujer divorciada de Jeremías 3:8, y Deuteronomio 24 le cerraba el regreso mientras el marido viviera. Enviar mensajeros a los dispersos antes de la cruz habría sido invitar a la divorciada a volver a una casa cuya puerta seguía legalmente cerrada por la propia Torah.
No se anuncia una boda mientras el impedimento sigue vigente. Primero muere el marido, primero se absorbe el veredicto, luego resucita el que puede recibirla de nuevo — y entonces, no antes, se despachan los mensajeros hasta lo último de la tierra. La secuencia misionera de Jesús no es una estrategia arbitraria: es la secuencia legal del evangelio. No podía ejecutarse en otro orden.
Queda una última pregunta: mientras la puerta de los de afuera seguía cerrada, ¿quiénes eran las "ovejas perdidas de la casa de Israel" a las que sí se envió a los doce? Las que estaban al alcance sin impedimento legal: las de dentro de la tierra. Porque "perdidas" no describe únicamente a las asimiladas en la dispersión; los profetas usan la misma palabra para las ovejas descarriadas por sus propios pastores, aun estando dentro del rebaño:
Jeremías 50:6
Ovejas perdidas fueron mi pueblo; sus pastores las hicieron errar, por los montes las descarriaron.
Ese es el escenario de Ezequiel 34: ovejas dispersas por culpa de los pastores que se apacentaban a sí mismos — exactamente la denuncia de Jesús contra los líderes de su tiempo, que cargaban al pueblo con tradiciones y le cerraban el reino (Mateo 23:4, 13). Y además, dentro de la tierra también había descendientes literales del reino del norte: remanentes que huyeron al sur en tiempos de los reyes (2 Crónicas 11:16, 30:11), y de los cuales el Nuevo Testamento nos da un ejemplo con nombre y tribu: Ana, la profetisa, de la tribu de Aser (Lucas 2:36) — una tribu del norte, viva y localizable en Jerusalén.
La primera misión fue a las ovejas que tenían pastores que las descarriaban, pero ninguna carta de divorcio que les impidiera oír. La segunda misión, la de después de la cruz, fue a las otras ovejas: las de fuera, las del divorcio, las que ahora sí tenían puerta. Un solo plan, dos fases, y la cruz como bisagra legal entre ambas.
Incluso la sangre del pacto fue declarada con esta misma precisión:
Mateo 26:28
Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.
¿Y con quién dice la Escritura que se haría el nuevo pacto? No lo dice el Nuevo Testamento primero; lo dice Jeremías:
Jeremías 31:31
He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.
Busca en este capítulo, o en toda la biblia, un pacto con los gentiles como extranjeros. No existe. El nuevo pacto es con las dos casas. Si los creyentes de entre los gentiles participan del nuevo pacto —y participan— solo hay dos opciones: o Dios cambió los términos de su pacto sin avisar, o esos creyentes son, de alguna manera que tenemos que investigar, parte de las dos casas. Este libro sostiene lo segundo, y las siguientes secciones presentan la evidencia.
Si la misión de Yeshúa era buscar a las ovejas perdidas de la casa de Israel, deberíamos esperar que sus enseñanzas giren alrededor de ese tema. Y eso es exactamente lo que encontramos. Las parábolas de Yeshúa no son historias morales genéricas: son la teología de la restauración de Israel contada en imágenes que sus oyentes, empapados de los profetas, podían reconocer. Nosotros las hemos leído durante siglos sin el trasfondo profético, y por eso hemos visto en ellas menos de lo que contienen.
Hay una lógica que atraviesa todas las parábolas de "lo perdido", y es tan sencilla que casi da vergüenza tener que señalarla:
Nadie pierde lo que nunca tuvo.
En las tres parábolas, lo que se busca ya pertenecía al dueño antes de perderse. La oveja era del rebaño. La moneda era del juego de diez. El hijo era de la casa. Yeshúa no cuenta la historia de un pastor que sale a capturar ovejas ajenas, ni de una mujer que sale a ganar monedas nuevas, ni de un padre que adopta a un extraño. Cuenta la historia de una recuperación.
Ahora pregúntate: ¿quién, en el relato bíblico, era del rebaño de Dios y se perdió? Los gentiles paganos nunca fueron del rebaño; no se puede decir de ellos que se "perdieron". Pero la casa de Israel sí era del rebaño, y sí se perdió. Las parábolas de lo perdido son las profecías de Jeremías 50:17 ("rebaño descarriado es Israel") y Ezequiel 34 convertidas en narración.
La parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32) merece una lectura completa bajo esta luz, porque es probablemente el resumen más perfecto de todo este libro en labios del propio Yeshúa.
Un padre tiene dos hijos. No uno. Dos. El menor toma su herencia, se va a una provincia apartada, la desperdicia viviendo perdidamente, y termina apacentando cerdos —el animal impuro por excelencia, el símbolo de la asimilación pagana total. Ha caído tan bajo que desea comer la comida de los cerdos. Ese es el retrato exacto de Efraín: salió de la casa, se fue lejos, se mezcló con la impureza de las naciones hasta el fondo.
Cuando vuelve en sí, regresa esperando ser recibido como jornalero, porque sabe que ha perdido todo derecho de hijo. Y el padre —que lo vio desde lejos, porque nunca dejó de mirar el camino— corre hacia él, lo abraza, y lo restaura: el mejor vestido, el anillo, el calzado. No lo recibe como jornalero. Lo recibe como hijo, con plenos derechos restaurados.
¿Y el hijo mayor? El que nunca se fue de la casa, el que sirvió fielmente, se indigna por la fiesta. El padre no lo regaña ni lo desplaza: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas" (Lucas 15:31). Pero le explica por qué la fiesta era necesaria: "este tu hermano estaba muerto y ha revivido; se había perdido y ha sido hallado" (Lucas 15:32).
El hijo menor es la casa de Israel, que se fue, se asimiló y estaba "muerta" (recuerda los huesos secos de Ezequiel 37, que reciben exactamente ese lenguaje de muerte y resurrección). El hijo mayor es la casa de Judá, que permaneció en la casa, conservó la Torah, los pactos y la identidad, y que tiene dificultad para entender la misericordia del Padre hacia el hermano que se prostituyó entre las naciones. Y el padre es Dios, que nunca dejó de esperar el regreso del que se perdió.
La parábola queda abierta: no sabemos si el hijo mayor entró a la fiesta. Esa pregunta sigue abierta hoy.
Mateo 13:47-50 Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera.
Una red echada al mar que recoge de toda clase de peces. ¿De dónde tomó Yeshúa esta imagen? De Ezequiel, del mismo bloque de profecías de restauración:
Ezequiel 47:10 Y junto a él estarán los pescadores, y desde En-gadi hasta En-eglaim será su tendedero de redes; y por sus especies serán los peces tan numerosos como los peces del Mar Grande.
En la visión de Ezequiel, el río que sale del templo sana las aguas del mar, y donde llega el agua sanada, aparece vida en abundancia: peces de todas las especies. El mar, en el lenguaje profético, representa a las naciones, a los pueblos gentiles (compara Apocalipsis 17:15). Los pescadores tienden sus redes sobre ese mar sanado y recogen peces de todas las especies.
Y hay otro texto que Yeshúa tenía delante al elegir esta imagen:
Jeremías 16:14-16 No obstante, he aquí vienen días, dice Jehová, en que no se dirá más: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de tierra de Egipto; sino: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra del norte, y de todas las tierras adonde los había arrojado; y los volveré a su tierra, la cual di a sus padres. He aquí que yo envío muchos pescadores, dice Jehová, y los pescarán.
¿A quiénes pescan los pescadores de Jeremías? A los hijos de Israel dispersos en todas las tierras. Ahora escucha a Yeshúa llamando a sus primeros discípulos: "Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres" (Mateo 4:19). No estaba inventando una frase bonita para pescadores de oficio. Estaba comisionando a los pescadores de Jeremías 16: los que sacarían del mar de las naciones a los hijos de Israel dispersos.
Mateo 21:33-41
Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores...
Cualquier oyente judío del primer siglo reconocía inmediatamente esta apertura, porque es una cita casi textual de Isaías:
Isaías 5:1-2, 7
Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar... Ciertamente la viña de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá planta deliciosa suya.
Isaías define los términos: la viña es la casa de Israel. Yeshúa retoma la parábola de Isaías, pero desplaza el juicio porque la nación ya fue juzgada: en Isaías el problema es la viña que dio uvas silvestres; en la versión de Yeshúa el problema son los labradores arrendatarios que se apropian del fruto y matan a los enviados del dueño, hasta matar a su hijo. La viña no es destruida; los labradores son sustituidos:
Mateo 21:43
Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a un gentil que produzca los frutos de él.
La palabra ahí es ethnos, en singular: una nación, un pueblo, un gentil. Durante siglos este versículo se ha leído como el acta de defunción de Israel y el acta de nacimiento de "la Iglesia" como entidad nueva que reemplaza a Israel. Pero esa lectura destruye la parábola misma: la viña sigue siendo la viña —la casa de Israel, por definición de Isaías—; lo que cambia es la administración.
Mateo 21:45
Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los fariseos, entendieron que hablaba de ellos.
El reino pasa de los administradores infieles a un pueblo que produce fruto. ¿Y qué pueblo es ese? Pedro responde usando exactamente el mismo vocabulario, escribiendo a los expatriados de la dispersión:
1 Pedro 2:9-10
Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa (ethnos), pueblo adquirido por Dios... vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios.
"No erais pueblo... ahora sois pueblo de Dios". Pedro está citando a Oseas, y en Oseas esas palabras se dicen de un solo grupo en toda la Biblia: la casa de Israel repudiada (Lo-ammi, "no pueblo mío") y vuelta a recibir. Llegaremos a eso en detalle. Por ahora, basta notar que el "gentil que produce frutos" de Mateo 21 no es una entidad extraña a Israel: es Israel restaurado y fructífero, tal como Jacob lo profetizó de Efraín, cuyo nombre significa precisamente "fructífero" (Génesis 41:52).
Juan 10:11, 14-16
Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas... Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen... También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.
Este pasaje es la clave que une todo. Cuando Yeshúa se declara "el buen pastor", no está usando una imagen pastoral genérica: está reclamando para sí Ezequiel 34, el capítulo donde Dios denuncia a los malos pastores de Israel y anuncia que Él mismo vendrá a pastorear:
Ezequiel 34:11-12, 23
Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré. Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares en que fueron esparcidas... Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David.
Ezequiel 34:30-31
Y conocerán que yo Jehová su Dios estoy con ellos, y ellos son mi pueblo, la casa de Israel, dice Jehová el Señor. Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, hombres sois, y yo vuestro Dios, dice Jehová el Señor.
Ezequiel mismo aclara que las ovejas no son animales: "hombres sois". Y aclara quiénes son esos hombres: "mi pueblo, la casa de Israel". Con ese trasfondo, las palabras de Yeshúa en Juan 10 dejan de ser misteriosas. ¿Quiénes son las "otras ovejas que no son de este redil"? El redil donde Yeshúa estaba hablando era Judea, la casa de Judá. Las otras ovejas —ovejas suyas, nota bien, no ovejas ajenas por adquirir o comprar— son las de la casa de Israel esparcidas entre las naciones. "Aquéllas también debo traer" es Ezequiel 34:12. Y "habrá un rebaño y un pastor" es Ezequiel 34:23 y 37:24: las dos casas reunidas bajo su siervo David, el Mesías.
Isaías 53:6
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.
El capítulo del siervo sufriente —el capítulo de la cruz— está escrito en el mismo vocabulario: ovejas descarriadas, y uno que carga el pecado de ellas para hacer posible su regreso. La cruz y la restauración de las ovejas perdidas no son dos temas distintos. Son el mismo tema.
Y por si quedara duda de que los contemporáneos entendían la muerte de Yeshúa en estos términos, Juan nos deja un comentario editorial extraordinario sobre la profecía involuntaria de Caifás:
Juan 11:51-52
Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Yeshúa había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.
Ahí está, en una sola frase, todo el propósito de la cruz según Juan: morir por la nación, y congregar a los hijos de Dios dispersos. No dice "convertir a los paganos en hijos". Dice congregar a los hijos que estaban dispersos. Dispersos. La palabra de los profetas. La palabra de Efraín.
Pablo usa una palabra peculiar para describir el contenido central de su predicación: misterio. En griego, mysterion no significa algo incomprensible, sino algo que estuvo oculto y ahora ha sido revelado. La pregunta obligada es: ¿qué era exactamente lo que estaba oculto?
Romanos 16:25-26
Y al que puede confirmaros según mi evangelio... según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas... se ha dado a conocer a todos los gentiles.
Fíjate en el detalle de Romanos 16:26: el misterio se da a conocer por las Escrituras de los profetas. Es decir, el misterio no es información nueva que no estaba en la Biblia hebrea; es algo que estaba escrito en los profetas pero cuyo significado permanecía velado hasta que llegó el momento de la revelación. ¿Y qué tema hemos encontrado escrito en todos los profetas, esperando ser entendido? La casa de Israel asimilada entre los gentiles y su futura recolección.
Efesios 3:3-6
Que por revelación me fue declarado el misterio... misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Yeshúa por medio del evangelio.
El misterio no es que Dios decidió, de último momento, incluir a extraños en las promesas de Israel. El misterio es que los que parecían extraños nunca fueron realmente extraños: entre los gentiles están los dispersos de Israel, y la puerta legal para su regreso ha sido abierta. Los gentiles son coherederos no porque las promesas hayan cambiado de dueño, sino porque en ellos se está cumpliendo la promesa hecha a Efraín.
La prueba más contundente de esta lectura está en cómo Pablo cita a Oseas. Recordemos primero el contexto de Oseas, porque sin él la cita de Pablo no se puede evaluar. Dios manda a Oseas a ponerle a sus hijos nombres proféticos contra el reino del norte: Lo-ruhama ("no compadecida") y Lo-ammi ("no pueblo mío"), porque la casa de Israel dejaría de ser pueblo de Dios (Oseas 1:6-9). E inmediatamente, Dios promete la reversión:
Oseas 1:10
Con todo, será el número de los hijos de Israel como la arena del mar, que no se puede medir ni contar. Y en el lugar en donde les fue dicho: Vosotros no sois pueblo mío, les será dicho: Sois hijos del Dios viviente.
Oseas 2:23
Y la sembraré para mí en la tierra, y tendré misericordia de Lo-ruhama; y diré a Lo-ammi: Tú eres pueblo mío, y él dirá: Dios mío.
Estas promesas tienen destinatario explícito: la casa de Israel repudiada. No hay manera honesta de leerlas de otro modo dentro de Oseas. Ahora mira lo que hace Pablo con ellas:
Romanos 9:24-26
A los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles. Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío, allí serán llamados hijos del Dios viviente.
Pablo toma las dos promesas de Oseas dirigidas a la casa de Israel y las aplica a los llamados de entre los gentiles. Aquí solo hay dos opciones: o Pablo está manipulando las Escrituras, arrancando promesas de su destinatario original para dárselas a un grupo ajeno —cosa impensable en un fariseo formado a los pies de Gamaliel—, o Pablo sabe exactamente lo que está haciendo: está identificando a esos creyentes de entre los gentiles como la casa de Israel de la que hablaba Oseas. Los que eran Lo-ammi. Los que dejaron de ser pueblo. Los que en el lugar de su dispersión serían llamados hijos del Dios viviente.
Y Pablo no está solo en esta lectura. Pedro hace exactamente lo mismo:
1 Pedro 1:1
Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia.
1 Pedro 2:10
Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.
Pedro escribe "a los expatriados de la dispersión" —la diáspora, término técnico— y les aplica Oseas: no-pueblo hecho pueblo, no-compadecida hecha compadecida. Lo-ammi y Lo-ruhama, por nombre. Y Santiago abre su carta sin ningún rodeo:
Santiago 1:1
Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud.
Las doce tribus. En la dispersión. En el primer siglo. Santiago no cree que las diez tribus del norte hayan desaparecido ni que sean irrelevantes; les escribe una carta. Y Juan registra que incluso los adversarios de Yeshúa manejaban la categoría con naturalidad:
Juan 7:35
Entonces los judíos dijeron entre sí: ¿Adónde se irá éste, que no le hallemos? ¿Se irá a los dispersos entre los griegos, y enseñará a los griegos?
Los dispersos entre los griegos. La pregunta de los judíos es irónica en labios de ellos y profética en la pluma de Juan: eso es exactamente lo que Yeshúa haría, a través de sus enviados.
Queda una pieza del misterio, y es la que cierra el círculo con Génesis. Pablo, en el clímax de su argumento sobre Israel en Romanos 9-11, escribe:
Romanos 11:25-26
Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo.
La plenitud de los gentiles. Melo ha-goyim. La expresión exacta de la bendición de Jacob sobre Efraín en Génesis 48:19: "su descendencia llegará a ser la plenitud de los gentiles". En toda la Biblia hebrea, esa construcción aparece en la bendición de Efraín. Pablo, el fariseo que se sabía la Torah de memoria, no eligió esa frase por accidente y la llamó "misterio" por accidente. La entrada de la plenitud de los gentiles es el regreso de la descendencia de Efraín, asimilada entre todas las naciones, tal como Jacob profetizó. Y cuando ese proceso se complete, "todo Israel" —las dos casas, los dos palos de Ezequiel hechos uno— será salvo.
El libro que comenzó con una promesa a Abraham y una bendición sobre un niño llamado Efraín encuentra aquí su desenlace anunciado. No te pido que me creas a mí. Te invito a que tomes Génesis 48:19 y Romanos 11:25, los pongas lado a lado en hebreo y en griego, e investigues por ti mismo si la conexión es real.
Pablo es llamado "apóstol de los gentiles" (Romanos 11:13), y esa etiqueta, leída sin el trasfondo que hemos construido, ha servido de base para imaginar dos religiones: una para judíos y otra, nueva y desconectada, para gentiles. Pero si algo debería haber quedado claro a estas alturas, es que la palabra "gentiles" carga más contenido del que la traducción deja ver. Veamos cómo trabajaba realmente el apóstol de los gentiles.
Primero: su método.
En cada ciudad a la que llegaba, Pablo iba primero a la sinagoga (Hechos 13:14, 14:1, 17:1-2, 17:10, 18:4, 19:8). Lucas dice que esa era su costumbre. ¿Qué hace el apóstol de los gentiles empezando siempre por las sinagogas? En las sinagogas de la diáspora se congregaban judíos, prosélitos y "temerosos de Dios": gentiles atraídos inexplicablemente al Dios de Israel, que se sentaban cada shabat a oír la Torah sin ser judíos. Pablo pescaba donde los peces ya se estaban acercando a la orilla. Si entiendes quiénes eran las ovejas perdidas, el método de Pablo deja de ser una rareza y se vuelve la estrategia obvia.
Segundo: su mensaje sobre sí mismo.
Cuando Pablo se defiende ante el rey Agripa, resume su causa así:
Hechos 26:6-7
Y ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres soy llamado a juicio; promesa cuyo cumplimiento esperan que han de alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo constantemente a Dios de día y de noche.
Pablo no dice "las dos tribus que quedaron" ni habla de las otras diez como extintas. Dice: nuestras doce tribus esperan alcanzar la promesa. Y afirma que está siendo juzgado precisamente por esa esperanza. El evangelio de Pablo, en sus propias palabras ante un tribunal, es la esperanza de la restauración de las doce tribus.
Tercero: cómo describe a sus convertidos gentiles.
Este es quizás el texto más revelador de todos:
Efesios 2:11-13
Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne... en aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Yeshúa, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.
Analiza la lógica del pasaje. Pablo no les dice: "ustedes eran gentiles y ahora son miembros de una entidad nueva llamada Iglesia, paralela a Israel". Les dice: estaban alejados de la ciudadanía de Israel, y ahora han sido hechos cercanos. ¿Cercanos a qué? A aquello de lo que estaban alejados: la ciudadanía de Israel y los pactos. La sangre del Mesías no los llevó a un destino nuevo; los devolvió al punto del que estaban lejos. "Lejos" y "cerca", además, es el vocabulario de los profetas para los dispersos de Israel (Isaías 57:19, Daniel 9:7: "los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado").
Y unas líneas después, Pablo remata:
Efesios 2:19
Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
Conciudadanos. De la ciudadanía que acaba de mencionar: la de Israel. No hay una segunda ciudadanía en el pasaje.
Cuarto: el fundamento legal de la identidad.
Pablo lo formula como una ecuación en Gálatas:
Gálatas 3:29
Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.
Ser del Mesías equivale a ser simiente de Abraham. ¿Y qué se prometió a la simiente de Abraham? Ya lo vimos al inicio: ser muchedumbre de gentiles y bendición para todas las familias de la tierra. El círculo se cierra otra vez.
Una aclaración importante, para no decir más de lo que las Escrituras dicen: nada de esto exige que cada creyente gentil pruebe genealógicamente descender de Efraín. Los registros se perdieron precisamente porque la asimilación fue total; ese fue el punto del juicio.
Lo que las Escrituras establecen es otra cosa: que la casa de Israel está mezclada entre todas las naciones (Oseas 7:8, Amós 9:9), que Dios sabe dónde está cada grano (Amós 9:9), y que todo aquel que viene al Mesías es injertado en Israel y contado como simiente de Abraham (Gálatas 3:29).
La identidad no se demuestra con un examen de ADN; se recibe entrando al pacto. Todos los que hemos venido al pacto con Dios somos injertados en Israel. Y de esa imagen del injerto tenemos que hablar ahora, porque Pablo la desarrolló completa.
Romanos 11 contiene la metáfora más elaborada de Pablo sobre la identidad del pueblo de Dios, y también la más maltratada por las lecturas apresuradas. Antes de entrar en ella, hay que responder una pregunta previa que casi nunca se hace: ¿de dónde sacó Pablo la imagen del olivo? Porque tampoco esta imagen es invención suya:
Jeremías 11:16-17
Olivo verde, hermoso en su fruto y en su parecer, llamó Jehová tu nombre. A la voz de gran estrépito hizo encender fuego sobre él, y quebraron sus ramas. Porque Jehová de los ejércitos que te plantó ha pronunciado mal contra ti, a causa de la maldad de la casa de Israel y de la casa de Judá.
Oseas 14:5-6
Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio, y extenderá sus raíces como el Líbano. Se extenderán sus ramas, y será su gloria como la del olivo.
El olivo es el nombre que Dios mismo le puso a Israel —a las dos casas—, y las ramas quebradas por el juicio ya estaban en Jeremías. Con ese trasfondo, leamos a Pablo:
Romanos 11:17-18
Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti.
Observa lo que el texto dice y lo que no dice:
Romanos 11:23-24
Y aun ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar. Porque si tú fuiste cortado del que por naturaleza es olivo silvestre, y contra naturaleza fuiste injertado en el buen olivo, ¿cuánto más éstos, que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo?
"En su propio olivo". El olivo les pertenece a las ramas naturales incluso mientras están desgajadas. Pablo no conoce una transferencia de propiedad del árbol. Y nota la dirección de su asombro: lo sorprendente, lo "contra naturaleza", es el injerto del silvestre; lo natural, lo esperable, es el reinjerto de las ramas propias. Exactamente al revés de como se suele predicar.
Ahora bien, dentro del marco de este libro, la metáfora tiene una capa adicional que conviene al menos poner sobre la mesa. Pablo dice que el olivo silvestre participa "de la raíz y de la rica savia" del olivo.
Hemos visto que Efraín fue zarandeado entre todas las naciones sin que un solo grano cayera a tierra, y que la promesa era que su descendencia sería la plenitud de los gentiles. Cuando un "gentil" escucha el evangelio y algo en él responde al Dios de Israel y a su Torah, ¿es un extraño absoluto acercándose por primera vez, o es una oveja que reconoce la voz del Pastor (Juan 10:27)?
El texto del injerto funciona en ambos casos —esa es su genialidad—, pero el conjunto de la evidencia que hemos recorrido (Oseas citado a los gentiles, la diáspora como destinataria de las cartas, melo ha-goyim) sugiere que entre esos injertados vienen entrando, sin saberlo, los descendientes de las mismas ramas desgajadas, cumpliéndose así las dos cosas a la vez: el injerto del silvestre y el regreso del natural a su propio olivo. Investígalo; el texto está a la vista de todos.
La conclusión de Pablo ya la vimos, pero ahora podemos leerla completa con todas sus piezas en su lugar:
Romanos 11:25-26
Ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles (melo ha-goyim, Génesis 48:19); y luego todo Israel será salvo.
Todo Israel: las ramas naturales reinjertadas y la plenitud de Efraín recogida de entre los gentiles. Las dos casas. Los dos palos hechos uno. Un rebaño y un pastor.
Dejamos pendiente, hace varios capítulos, el problema más duro de todos. Conviene recordarlo, porque sin él el evangelio se reduce a un sentimiento, y con él se convierte en la resolución legal más elegante de toda la literatura:
La casa de Israel rompió el pacto y quedó bajo el veredicto condenatorio de la Torah. Y además, Dios le dio carta de repudio (Jeremías 3:8), y Deuteronomio 24:1-4 prohíbe que la mujer divorciada que se unió a otro hombre vuelva con su primer marido. Doble puerta cerrada: la condena activa, y la ley del matrimonio. Dios no puede simplemente "perdonar y olvidar" saltándose su propia Torah, porque un Dios que viola su propia ley no es el Dios de la Biblia.
Pablo resuelve el problema en Romanos 7, y es crucial notar que no está hablando de "toda la ley" en abstracto, sino de una ley en particular: la ley del matrimonio.
Romanos 7:1-4
¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive? Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido. Así que, si en vida del marido se uniere a otro varón, será llamada adúltera; pero si su marido muriere, es libre de esa ley, de tal manera que si se uniere a otro marido, no será adúltera. Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.
Sigue el argumento paso por paso, porque cada pieza importa:
Ese es el evangelio. No un plan B improvisado, sino la única salida legal posible al problema planteado por los profetas, ejecutada con precisión quirúrgica. La muerte del Mesías resolvió simultáneamente las dos puertas cerradas: absorbió el veredicto condenatorio que pesaba sobre las ovejas (por eso ya no están "bajo la ley", bajo su sentencia), y disolvió el impedimento de Deuteronomio 24 (porque el marido murió). Y su resurrección abrió lo que la muerte sola no podía abrir: la boda nueva, el pacto renovado con la casa de Israel y la casa de Judá que Jeremías 31:31 había anunciado.
Por eso las buenas noticias del evangelio, en su formulación bíblica, no son "cree y ve al cielo". Son estas: las ovejas que estaban bajo condena y sin puerta de regreso, ahora pueden volver —al pacto, al Dios que las creó, y a la Torah que siempre fue su instrucción de vida— porque el mismo Pastor que las buscó pagó la sentencia, murió como el marido que las había repudiado, y resucitó para recibirlas.
Y nota lo que esto no significa: la que vuelve al marido no vuelve para vivir como vivía en su prostitución. Vuelve a la casa, y en la casa se vive según las instrucciones de la casa. La libertad del veredicto no es libertad de la instrucción; es exactamente la condición que hace posible obedecer la instrucción por amor y no por terror. Guardamos la ley no como condenados que intentan saldar una deuda, sino como hijos a quienes se les perdonó y que obedecen por amor.
Recojamos ahora todos los hilos, porque el cuadro completo es de una coherencia que ningún autor humano podría haber coordinado a lo largo de quince siglos de escritura:
Y así llegamos a la escena final, que ahora puedes leer con otros ojos:
Apocalipsis 7:4, 9
Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel... Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todos los gentiles y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero.
Las doce tribus enumeradas, y enseguida una multitud incontable de entre todos los gentiles. ¿Te suena? Es Oseas 1:10 al pie de la letra: "será el número de los hijos de Israel como la arena del mar, que no se puede medir ni contar; y en el lugar donde les fue dicho: no sois pueblo mío, les será dicho: sois hijos del Dios viviente". La multitud incontable de entre los gentiles no es un grupo distinto de Israel que aparece al final de la historia. Es Israel recogido de entre los gentiles, la plenitud prometida a Efraín, delante del trono. Todos los que hemos venido al pacto con Dios somos Israel.
Si has llegado hasta aquí, probablemente tienes una mezcla de emoción y vértigo. Emoción, porque los textos encajan con una precisión que no se puede ignorar. Vértigo, porque si esto es verdad, varias cosas que nos enseñaron necesitan revisión.
No te voy a decir qué hacer. Te voy a decir qué hice yo, y qué dice el texto, y la decisión —como siempre— es tuya delante de Dios.
Si la congregación de los creyentes no es una entidad nueva que reemplazó a Israel, sino Israel mismo siendo recogido, entonces las instrucciones que Dios le dio a Israel no son el testamento obsoleto de otro pueblo: son las instrucciones de nuestra casa, la casa a la que el Mesías nos abrió la puerta de regreso. El Padre no recibió al hijo pródigo para que siguiera viviendo como en la provincia apartada; lo vistió, le puso el anillo, y lo sentó a la mesa de la casa, donde se vive según el orden de la casa.
Y si el pueblo de Dios pasó siglos mezclado entre las naciones, absorbiendo sus costumbres hasta olvidar quién era, entonces el camino de regreso incluye, inevitablemente, examinar qué de lo que hacemos viene de las instrucciones del Padre y qué viene de la provincia apartada. Esa es otra investigación, y es tan grande que merece su propio libro. Aquí solo dejo la invitación del profeta, la misma con la que Dios llama a sus ovejas en el último libro de la Biblia:
Apocalipsis 18:4
Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas.
Fíjate a quién se dirige la voz: "pueblo mío". Dentro de Babilonia hay pueblo de Dios, ovejas que todavía no saben que lo son, granos zarandeados que Dios nunca perdió de vista. Si algo de lo que leíste aquí resonó en ti —si al oír la voz del Pastor algo en ti la reconoció—, quizás la explicación sea más sencilla y más antigua de lo que imaginas:
Juan 10:27
Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.
No me creas a mí. Toma tu Biblia, verifica cada texto citado, ponlos en su contexto, y pregúntale al Dueño de las ovejas. Él sabe dónde está cada grano.